En
ocasión de la conmemoración de los Acuerdos de Paz, se llevará a cabo por el
actual Gobierno una auténtica Celebración de los mismos, el próximo 16
de los corrientes (2016). El 2 de enero de 2010 escribí en El diario de hoy el siguiente art.
Compleja Efeméride
EL OGRO DE LA PAZ
Por Roberto López-Geissmann.
Sí, no hay error en el título,
porque a veces la respetable y deseada Paz no es un “logro” como tanto se
cacarea, sino que llega a convertirse en un Ogro feo, amenazante e inhumano.
Desde que Erasmo de Rotterdam afirmó que No hay paz injusta que no sea
preferible a la más justa de las guerras, se alistó tras la frase un
ejército de pacifistas a ultranza, cuya participación filosófica es muy poco
seria, pero sí es de antología el ruido, el escándalo, la imagen y la
superficial idea que han logrado presentar sobre los términos Guerra y Paz.
Hay muchas “paces”: la profunda y espiritual de los sabios y los santos, la pax
romana ejercida sobre un imperio que no se resiste ya más, la paz de los
sepulcros, la paz vista sólo como ausencia de violencia, etc. Pero la Paz es un
Ogro cuando se pretende idolizar, o sea convertir en objeto de adoración en sí
y por sí –que es tan aberrante como erigir a la guerra en sí misma como algo
útil –no importando el precio que tenga que pagarse, fuera este la justicia, la
libertad, la posibilidad de desarrollarse, los valores, la conculcación del
espíritu reducido a monigote o títere de lo más bajo material, el futuro de los
hijos y otros.
Acuerdos de Paz sólo se firman al
finalizar una guerra. Lo nuestro no llegó jamás a revestir las condiciones que
los tratados internacionales exigen para otorgar calidad de Guerra Civil; ni
número de combatientes ni tierra dominadas eran lejanamente las proporciones
requeridas. Fue un Conflicto Armado, y, dentro de su tipología se trató de una
Agresión Armada conjunta por la Izquierda Internacional en connivencia con
agrupaciones vernáculas, directamente manipuladas por la URRSS y Cuba, con el
apoyo de Nicaragua de ese entonces y otras fuerzas; todo con el objetivo de
colaborar al apoderamiento de la región a través de la Revolución.
Muchos no quieren recordar el análisis
que se hacía del diálogo que buscaban los revolucionarios. Y no quieren porque
en vez de ir a celebrar con tragos a la madriguera que apoyaba a los que eran
sus enemigos, debieran estar confesándole a la nación el error en que
incurrieron al pactar dándoles tanto a los que poco tiempo tenían ya. Había que
haber otorgado perdón y apoyo real. Hasta allí. Jamás una cuota de poder, que
en el fondo no tenían el derecho de conceder. Eso para los bien intencionados.
Ahora que los agazapados y vivianes, que nunca han creído más que en medrar para
su provecho, son los grandes propagandistas de un vergonzoso evento, polveado y
maquillado para parecer un gran triunfo. Pero ¿de qué y de quién es el triunfo?
Como suele pasar, no ganó ninguno de los dos principales contendientes.
Lo que ganó fue el concepto de fuerza en
detrimento del de legalidad. Y ni siquiera se presenta como una resistencia
legítima, sino como una prueba de astucia, triquiñuelas y farsas que ni
siquiera así hubieran cuajado de no contar con los que entregaron y los que les
doblaron la mano. Es el mismo mito de la huelga, que no es sino la cuña
revolucionaria contra todo tipo de orden establecido. Intocables una y otro por
virtud de los que despreciando el pensar hasta el fondo de las cosas, descuidan
por viveza o ambición, una conducción sagrada en la que no pueden caber ni
negociaciones ni celebraciones con los micos y con las fieras. Las verdaderas
Señorías y Liderazgos no se embriagan bailando en carrozas carnavaleras. No
ganó la Institucionalidad, ni siquiera una nueva; los revolucionarios también
fueron burlados en su mayoría.
Vásquez de Mella decía que Querer
conciliar el error y la verdad sería como pactar un crepúsculo perpetuo entre
la noche y el día para negar a los dos. El que esté “de moda” que hasta las
religiones se mezclen bajo el supuesto signo de la paz demuestra que se ha
convertido a este concepto en un instrumento y de que no se trata sino de una
superchería aberrante de contenidos de gran disolvencia cultural. Ganaron los
de cafetín, los internacionalistas sin alma, los burgueses marxistas, los
conspiradores, los que huyeron, los que no dieron la cara, algunos
intelectualoides, los arribistas, curas nuevaoleros. ¡Qué viva la fiesta! Pero
por dignidad histórica y Ética, mantengámonos aparte de esa zarabanda. Puede
que muchos estén inconscientes, sea mi objetivo intranquilizarlos y hacerlos
reflexionar. Nosotros: Tranquilos y cara al sol.
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